Envenenamientos y seguros de vida

Aunque parezca increíble, a veces se mata de verdad a alguien para cobrar un seguro de vida. La invención de los seguros de vida en el siglo XIX supuso la popularización entre las clases medias del veneno, salvoconducto que muchos encontraron para poder cobrarlos. Pero hoy día el uso de brebajes letales no garantiza cobro alguno, a lo sumo un largo período en la cárcel. No es cuestión de decir “mi marido murió” y las aseguradoras salen corriendo a pagar. Aunque se esté bien muerto, hay que cumplir ciertos trámites y, desde luego, si la aseguradora duda, va a buscar la quinta pata al gato para no pagarte.

Si acabas de suscribir tu póliza con Rastreator, debes saber que para que el beneficiario cobre, no tienen que matarte. Debes morirte tú. Las aseguradoras tienen actualmente bien protegidas sus espaldas frente a posibles fraudes en el ramo de las pólizas de vida. Sin determinada documentación ninguna aseguradora va a pagar un seguro de vida. Primero de todo: un medico tiene que hacer y firmar el acta de defunción o, en su defecto, el juez debe determinar la muerte bajo los términos legales de muerte presunta (muy bien especificados en el Código Civil). Ten por seguro que ningún médico que pueda hacer un acta de defunción se va a arriesgar a cometer un delito de falsificación de documento público y ningún juez va a arriesgarse a declarar una muerte presunta sin que se hayan dado las condiciones legales en tiempo y forma como lo especifica la ley vigente.

En resumidas cuentas, y a diferencia de lo que pudiera suceder en el siglo XIX, hoy día hay demasiadas personas involucradas para que nadie pueda cometer un delito de envenenamiento contra el titular de un seguro de vida y cobrar la póliza sin que nadie dé la voz de alarma. Además de médicos y jueces que no están por la labor de violentar la ley, los análisis forenses han avanzado lo suficiente como para poder solicitar un dictamen absolutamente concluyente sobre las causas de la muerte siempre que la aseguradora dude.

Esto, que parece insignificante, adquiere la dimensión que le corresponde si pensamos que desde tiempos inmemoriales el uso de pócimas ha redirigido herencias, ha cambiado dinastías, ha enviudado a unos y enriquecido a otros, ha matado a papas, reyes y espías. Se ha llevado por delante a médicos que intentaban descubrir sus secretos, como nos cuenta la catedrática de química de la Universidad de Sevilla, Adela Muñoz, en Historia del veneno, un libro que secuencia la evolución y usos de drogas letales a lo largo de los siglos.


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